





Una semanita entera en Torralba de los Frailes es más que suficiente para cargar pilas, aunque de que me voy a quejar si he llegado desde Siurana, el otro paraíso de las desconexiones, las noches estrelladas y los silencios.
La verdad es que esta vez no tenía planificado ir en las fechas que he ido y he salido pitando con la maleta bastante mal hecha y cargado de cámaras de vídeo y fotos. Después de estos meses inactivo tengo ganas de volver a hablar con las gentes de Torralba. Por el camino se me ha ocurrido que les podría volver a entrevistar, volver a preguntar cosas que ya hablamos en mi primer documental “Cuentan los que quedan”. Tengo ganas de ver como ha pasado el tiempo en estos años, como les ha castigado la edad a muchos de los paisanos.
Llegar a Torralba no ha sido nada fácil esta vez. Una tormenta eléctrica ha estado atacando los Monegros dibujando un espectáculo inusual en el cielo. La furgoneta a intentado buscar salidas de la autopista donde poder plantar un trípode, pero ha sido casi imposible. He perseguido la tormenta durante casi una hora y solo he podido obtener 3 o 4 imágenes sin demasiado atractivo.
La primera mañana ha pasado despacio, como todo aquí. Hemos estado Jesús y yo cortando tablones para forrar el techo de paja para evitar goteras y aislar el techo. Mientras cortamos y ponemos charlamos sobre cómo enfocar este segundo documental. Después de un debate que durará hasta la tarde, hemos decidido limitarnos a Don Claudio, el gran señor de la boina; la fuente de conocimientos; ese señor que nos atrapó a todos en el primer documental; el que sin ir a la escuela, nos enseñó mucho más de lo que nosotros aprendimos en ella.
En una producción barcelonesa de las modernas, habría gente con walkie talkies preparados para cortar calles y gente buscando los orígenes del tal Claudio en Internet. A nosotros, menos exigentes, nos basta con pasarnos por el bar, darle una palmada en la espalda y decirle: “Don Claudio, qué le parece si nos vemos esta tarde y nos cuenta alguna cosa de la guerra”. De verdad, es suficiente para que conteste: “A las 6, estaré donde siempre”.
Y ahí está él, puntual, uniformado con su bastón, su boina y su traje. Me vuelvo a preguntar por novena vez si no tendrá calor con camiseta, camisa y americana.
Don Claudio tiene 88 años, y solo ha salido 6 del pueblo, los que como él dice “me robaron para ir a la guerra”. Unos años que le llevaron por las españas, Marruecos y Rúsia, para luchar por algo que a él ni le iba ni le venía.
Hemos hablado con él durante un buen rato, y como alguien acostumbrado a la cámara, nos dice: “bueno, ya vale, no? vamos a encender un cigarro”. Y es que a pesar de la edad, Claudio sigue bebiendo y fumando como siempre. Según dice, empezó en las trincheras para combatir el frío y no ha parado.
Espero tener montadas las dos sesiones que hemos dedicado a Claudio bien pronto y poderlas compartir, porque si queremos filmar su testimonio, es para compartirlo, para demostrar que hay verdaderos héroes, verdaderas personas que… da igual, Claudio es mi héroe.