Diré la verdad aunque me cueste reconocerlo y la organización me prohiba la entrada a sus conciertos: hacía tiempo que no asistía a un concierto tan malo y desafinado.
En realidad, lo que más me fastidia no es que el concierto fuera pésimo, sino el rollo que le solté a mi suegro para que nos acompañara: que si Alasdair era un tipo desconocido pero auténtico… que es uno de esos que no tienen que ver nada con los triunfitos… que lo que íbamos a ver esa tarde era música en mayúsculas, música de autor… de trovador medieval!
A las seis canciones, Raquel me susurró a la oreja: “no estoy dentro, no consigo entrar en el concierto…” No hizo falta más, un gesto cómplice nos sacó del Auditorio del Cuvi, en Vigo, para no estropear la admiración que sentimos por Alasdair Roberts...
Alguien me podrá decir que el escocés llegó al concierto tan tarde que el público le tuvo que esperar y que el técnico no pudo hacer la prueba y el artista tampoco… pero un tipo con una guitarra y un violín se sonoriza con dos canciones al vuelo. Lo que es injusto e incoherente, es que un artista que con sus discos te transporta a las calles de una aldea escocesa en el siglo XIV, en concierto suene a lata embotellada. De verdad, yo hubiera tocado sin enchufar, entonces, seguramente me hubiera quedado hasta el final, y mi suegro me hubiera dicho: “esto es música!”
Pero seguiré escuchando discos como The Amber Gatherers y Spoil y asistiendo a los conciertos de SinSal y Coconut, como si no hubiera pasado nada… y mi suegro, seguramente llegue a casa y se ponga a Serrat, pensando: “esto es un trovador…”


















